El hombre de bata blanca estaba sentado detrás del mostrador, con las patas para arriba mirando en la pantalla de su pequeño televisor portátil una novela venezolana de las peores. Lo interrumpe Manuel que venía zigzagueando desde la sala común, chocando contra las paredes blancas del pasillo. Su rostro contorsionado por los tics y el tartamudeo se expresó de la siguiente manera:
- Bue-bue-buenas doc-doctor (guiño guiño), ¿ll-ll-llegó a-a-a-algún pa-paque-quete pa-pa-para mmmmí?
- No loco, no, yo no soy el doctor, soy enfermero. Hoy no llegó nada. (guiño guiño)
- Seeeeeee. Y-y-y-yo s-s-s-sé qu-qu-que t-t-tenés algo.
- Siempre con la misma historia. Estoy empezando a pensar que vos no deberías estar acá con todos estos... Te estás haciendo el boludo. Drogón de mierda. No te pienso dar nada.
- S-s-sos u-u-una m-m-mie-erd-da. ¡Hijo de puta!Es la gente como vos la que hace que este mundo se vaya todo al carajo. ¡Fascista del orto! Te encanta tener el poder acá ¿eh? Teniendo a todos a raya, que se haga lo que vos decís ¡y la puta que te parió! ¡Te voy a cagar a piñas! ¡Dictador!
Muy sorprendido por la reacción y rojo de la ira el enfermero saca una picana eléctrica de un cajón se lanza encima del internado y le aplica una descarga en el cuello. Pataleando en el piso el otro logra expulsar un grito de socorro. Enseguida se acercan el resto de los enfermeros corpulentos. El primero exclama:
- ¡Ayúdenme que se volvió loco!
Lo reducen, uno saca una jeringa y la clava en el cuello del prisionero con una habilidad que denotaría demasiada experiencia, comparable con la agilidad de Jason Bourne. A medida que se vacía la cápsula Manuel se va quedando quietito, flojo, y una sonrisa estúpida se dibuja en su cara. Solo logra balbucear una última frase:
- ¿Viste que un poquito quedaba?
03 julio 2007
30 junio 2007
El mate en exceso
Temprano por la mañana, una de esas mañana de invierno en las que todavía no salió el sol, me levanté para comenzar con mis tareas. Me despabilé mojándome el rostro con un poquito de agua, que a mi parecer salía de la costa atlántica argentina, no por lo sucia sino por lo fría. No me arropé con mis mejores prendas porque no tenía intención de ser visitado por nadie, ni de salir por nada a la calle. Así no más, en pantuflas y yoguineta, el cuello cubierto por mi bufanda favorita, me preparé un mate, agarré un paquete de biscochos agridulces y me fui al estudio. Con dureza retomé la tarea que había dejado la tarde anterior. Creo que estaba en el capítulo 9 si mal no recuerdo. Así comencé.
La mañana fue avanzando, el sol salió, el agua se secó y la araña chiquitita trepó por el balcón. Lo que quiero expresar es que las horas pasaron y yo seguía calentando agua y cebando mate a medida que las páginas del manual de "Control Presupuestario y de Gestión" iban acabándose. Ya después de alcanzado el segundo litro de mate, empecé a notar que el cuarto tomaba una tonalidad verdosa. No es que me haya llamado la atención, ya que las paredes están empapeladas con una especie de tramas escocesas verdes. Pero sin embargo el verdor se extendía más allá del empapelado; el libro, la pava, los lápices, el techo, todo se iba tiñendo de verde. Siempre sospeché que soy un poco daltónico, pero esto ya era demasiado. Es imposible, hasta para un daltónico confundir el blanco con el verde.
Miré mis manos que para ese entonces las empecé a notar temblorosas y muy livianas. Todo estaba como en otra dimensión, mi mente podía ver todo a través de un prisma verde, pero no tenía la sensación de estar allí. Me tomó unos minutos darme cuenta que esto estaba realmente pasando. Al fin logré reaccionar un poco, me cacheteé de ambos lados (hay que poner la otra mejilla) e intenté pararme. Las piernas no me respondían, no me podía mover en absoluto. Lo único que podía hacer era pasar las hojas y cebar mate. Inmerso en ese trance permanecí por lo que parecieron horas, días, semanas cuando al fin un timbrazo del teléfono logró desconectarme.
Una vez fuera de esa órbita viciosa volqué el agua caliente (increíblemente seguía caliente; lo que pasa es que tengo un buen termo), vacié el mate, guardé la bombilla y noté que era la hora del almuerzo. Me fui a la cocina para despabilarme y recapacitar lo sucedido. Jamás logré encontrar una explicación a pesar del buen plato de guiso de lentejas.
La mañana fue avanzando, el sol salió, el agua se secó y la araña chiquitita trepó por el balcón. Lo que quiero expresar es que las horas pasaron y yo seguía calentando agua y cebando mate a medida que las páginas del manual de "Control Presupuestario y de Gestión" iban acabándose. Ya después de alcanzado el segundo litro de mate, empecé a notar que el cuarto tomaba una tonalidad verdosa. No es que me haya llamado la atención, ya que las paredes están empapeladas con una especie de tramas escocesas verdes. Pero sin embargo el verdor se extendía más allá del empapelado; el libro, la pava, los lápices, el techo, todo se iba tiñendo de verde. Siempre sospeché que soy un poco daltónico, pero esto ya era demasiado. Es imposible, hasta para un daltónico confundir el blanco con el verde.
Miré mis manos que para ese entonces las empecé a notar temblorosas y muy livianas. Todo estaba como en otra dimensión, mi mente podía ver todo a través de un prisma verde, pero no tenía la sensación de estar allí. Me tomó unos minutos darme cuenta que esto estaba realmente pasando. Al fin logré reaccionar un poco, me cacheteé de ambos lados (hay que poner la otra mejilla) e intenté pararme. Las piernas no me respondían, no me podía mover en absoluto. Lo único que podía hacer era pasar las hojas y cebar mate. Inmerso en ese trance permanecí por lo que parecieron horas, días, semanas cuando al fin un timbrazo del teléfono logró desconectarme.
Una vez fuera de esa órbita viciosa volqué el agua caliente (increíblemente seguía caliente; lo que pasa es que tengo un buen termo), vacié el mate, guardé la bombilla y noté que era la hora del almuerzo. Me fui a la cocina para despabilarme y recapacitar lo sucedido. Jamás logré encontrar una explicación a pesar del buen plato de guiso de lentejas.
Incluso hoy en día si intento recordar qué fue exactamente lo que pasó no puedo hilar ni un solo pensamiento seguido. Quedará en la nebulosa. Eso sí, en el examen saqué un 10.
20 junio 2007
-Pase señor, ¿hasta dónde viaja?- le preguntó el colectivero.
-Hasta Corrientes. ¿Usted me avisa?
-Son 3 paradas más.
-Gracias.
Se sienta en el segundo asiento de la derecha del 152. No es lo más cómodo, pero a esa hora, en esa línea de colectivo, es un lujo. El viaje, en el tráfico reinante de la ciudad, duró unos 20 minutos. En el constante e insoportable bullicio de los motores, las bocinas, las charlas a los gritos de las vuelta del laburo y algún que otro loco que escucha heavy metal a todo lo que da en su iPod, no se puede distinguir nada; todo se vuelve confuso. A la segunda parada se levanta de su asiento y a los empujones entre la gente indiferente se hace camino a la puerta delantera. La puerta se abre, baja el primer escalón y el segundo lo traiciona. Estaba más lejos de lo que parecía, trastabilla, sus piernas le fallan y queda colgando de un par de dedos de la baranda.
A alguno de la cola se le escapa una sonrisa burlona al ver como el bulto se precipita con violencia hascia el asfalto. Osa escapársele una carcajada que se corta en seco a la mitad; su expresión pasa a ser la de consternación en cuestión de segundos y un frío sudor le recorre la frente al ver cómo el pobre diablo recoge su bastón blanco y se aleja quejumbroso.
02 junio 2007
Diálogo interno
Marcos y Socram están sentados en el puf, más bien despatarrados, escuchando Coldplay y pensando seriamente.
Socram -Están de moda los diálogos. Pero en la perra vida hice un diálogo, no se qué mierda hacer. Quiero hacer algo divertido.
Marcos -Si, una verdadera cagada.
Socram -Pero bueno, hace mucho que no posteo, algo tengo que hacer.
Marcos - Y hacé algo entonces, aunque sea una boludez. Total casi nadie hace comentarios negativos.
Socram -Que me importa lo que comenten, tengo ganas de hacer algo creativo, que a mi me guste.
Marcos -Y bueno, pero si no podés satisfacer tus deseos, por lo menos satisfacé a los hinchapelotas que te piden un post.
Socram -Lo decís así y parece que fuera un famoso o un falso profeta.
Marcos -Parecé lo que quieras, pero postea y a la mierda.
Socram -Vos seguramente sos de esos que ponen comentarios positivos solo para caer bien y parece que estás en la onda.
Marcos -Puede ser, pero por lo menos hago que la gente escriba más y paso el rato.
Socram -Que puto que sos.
Marcos -Chupala y publicá.
Socram -Si tenés razón. Ahí voy...
Socram -Están de moda los diálogos. Pero en la perra vida hice un diálogo, no se qué mierda hacer. Quiero hacer algo divertido.
Marcos -Si, una verdadera cagada.
Socram -Pero bueno, hace mucho que no posteo, algo tengo que hacer.
Marcos - Y hacé algo entonces, aunque sea una boludez. Total casi nadie hace comentarios negativos.
Socram -Que me importa lo que comenten, tengo ganas de hacer algo creativo, que a mi me guste.
Marcos -Y bueno, pero si no podés satisfacer tus deseos, por lo menos satisfacé a los hinchapelotas que te piden un post.
Socram -Lo decís así y parece que fuera un famoso o un falso profeta.
Marcos -Parecé lo que quieras, pero postea y a la mierda.
Socram -Vos seguramente sos de esos que ponen comentarios positivos solo para caer bien y parece que estás en la onda.
Marcos -Puede ser, pero por lo menos hago que la gente escriba más y paso el rato.
Socram -Que puto que sos.
Marcos -Chupala y publicá.
Socram -Si tenés razón. Ahí voy...
07 mayo 2007
La luz de la ciudad me llega desde la oscuridad de la noche a través del vidrio sucio y rayado. Así como viene, se va a toda velocidad. El estruendo de la serpiente de hierro me estalla en los oídos. El piso hostilmente duro, cubierto de polvo traído por miles de zapatos, es el único apoyo que encuentro. El tren frena en la estación y hace su intercambio de desconocidos con el andén. Estos circulan con total comodidad vigilando sus relojes y pertenencias.
Yo, en mi mundo, solamente pienso en ese rincón entre los árboles, en medio del bosque, con el río y tu respiración como único sonidos de fondo, en el que fuimos felices.
Yo, en mi mundo, solamente pienso en ese rincón entre los árboles, en medio del bosque, con el río y tu respiración como único sonidos de fondo, en el que fuimos felices.
27 febrero 2007
22 febrero 2007
Otra historia loca acerca del calor
Sus garras afiladas afilaba y sus ojos felinos no podían despegarse del jugo de la sandía. Al costado de ella el hacha se fumaba un cubano. La pobre fruta temblaba de miedo, o del frío, nunca lo sabremos. No hubo tiempo de preguntar. Ni bien la sacaron de la heladera la cortaron a la mitad. De nada sirvieron los gritos de las demás sandías.
El hacha ya estaba satisfecha, había saciado su hambre, por lo que descansaba. Con el calor que hacía no había mejor solución que comer sandía. Además viviendo en una plantación de sandías no había otra solución.
El hacha ya estaba satisfecha, había saciado su hambre, por lo que descansaba. Con el calor que hacía no había mejor solución que comer sandía. Además viviendo en una plantación de sandías no había otra solución.
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